lunes, 30 de diciembre de 2013

Lo efímero reverberante

Nos conocimos lejos, en el desfile de lo efímero y las apariencias. No era mi intención mirarte, pero me fije en vos, vos nunca me miraste. No sé el color de tus ojos, pero recuerdo sentir que eran profundos. “No soy de mirar” dijiste, pero tu cuerpo hablaba por tus ojos. Yo dudaba, desistía, atemorizado por el ridículo y la mirada de los demás, me faltaba la tuya.  Estuve solo, mirándote mientras bailabas, y al final, te conocí; vi lo que tus ojos no querían mostrar.
Dulce y voraz, sencilla y estremecedora. Nos sentamos en un banco de madera, donde el viento y el frio conspiraban para acortar nuestro tiempo. No sentí nada, solo a vos. Éramos nosotros, no había paisaje, ni tiempo. Hablamos, te abracé. No conocíamos hace horas y sabíamos que al otro dia ya no nos veríamos más. Vos hablabas mirando a otro lado, yo en vano buscaba tus ojos, hasta que recordé que no eras de mirar. Me contaste tu vida, yo la mia, vos con los sueños rotos, yo pensando en vos, en lo raro de todo esto, nuevo, pero a la vez conocido. “Es normal” me dijiste, yo me reí. Se hacía tarde, todavía no oscurecía. Tu boca buscó la mia, y mi boca la tuya, pero tus ojos seguían lejos. Yo no pensaba, solo seguí. Te seguí. “Se me hace tarde” te dije, “andate” me dijiste. Me quedé un poco más. No quería olvidarte. De pronto creí entender. No me miraste jamás, no querías ver quien estaba del otro lado, ahí afuera, queriéndote. No querías que trascendiéramos, te guardaste tu mirada, y con ella, tu alma. Mejor así, quizá, solo una historia más, dos nombres separados por el tiempo, unidos por el espacio, recordados por la ternura.
No paramos, te abracé. “Sos pegajoso” me dijiste. “El que busca amor busca ser amado” había dicho mi papá hace algunos días. Ahí todo tenía más sentido. Quizá yo buscaba algo y vos otra cosa. Quizá no eras real, solo una alucinación, el delirio de una mente engullida en una desenfrenada cruzada por amar. Quizá por eso no me miraste a los ojos; vos no jugabas el mismo juego. Llegamos a la esquina de la plaza, nos despedimos. ”Buena vida” me dijiste, “Vos igual” te respondí, mientras el entramado de las calles de ese pueblo nos alejaba en direcciones opuestas. Opuestas como nosotros, pero extrañamente encontradas. Yo me alejé mirándote, pensando si nuestras contingencias volverían a coincidir. Vos caminabas, inmutable y hermosa cual cometa que se muestra en el techo estrellado para quizá, nunca ser visto dos veces en una misma vida.        

No hay comentarios:

Publicar un comentario